Nos reíamos bastante, tanto o más como lo que caminábamos. Quién iba a saber que todos esos kilómetros, al final del pavimento, se tornarían lágrimas e indecisiones. Alguna vez le comentó a un amigo muy cercano — allá por los inicios del idilio - que yo la ponía nerviosa. Nunca me pregunté por qué hasta varios años más tarde, cuando me la encontré cara a cara el día de mi matrimonio. Con perros en la casa, dos suegros en primera fila y ella ahí, salida de la nada de mi memoria hiperquinética y constantemente desordenada, mirándome fijo.
En ese instante recordé todo: el viaje a San Pedro, su ex pololo de 4 años, las miradas en los pasillos de la escuela de letras, el Peugeot azul eléctrico, el bajo fender rojo en la pared de la pieza, un minidisc con canciones para los dos, un block Colón lleno de idioteces y como me cambió por mi (ex) mejor amigo del colegio a la mañana después de haber hecho el amor seis veces seguidas y susurrarme que me amaba al oído, mientras me tomaba un jugo de naranja.
A los 24 años podría decir que cerré esa etapa, y entre grágeas estelladas, una conversación necesaria (una vez a la semana) y una línea de polvo blanco amargo de vez en cuando por la tráquea, se sepultaron tus recuerdos, de una vez por todas y quedaron cerrados con llave perdidos en el espacio, como en esa canción de Jano Soto que todavía escucho a veces en el 307 cada que paso por el departamento de Plaza Italia.
Y a pesar que estoy en el momento más importante de mi vida, estoy interrumpiéndolo y no sé que hacer entre tanto invitado fifí, fiesta de recepción y ligas que sacar. Entonces miro a mi nueva esposa con mi mejor sonrisa, abro los ojos lo más que puedo, respiro bien hondo y de alguna parte saco fuerzas para decirte sin tirones…
- Gracias por venir.
(2005)